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El camino hacia las condenas

El camino hacia las condenas

Necesidad económica, influencia del contexto social y la lucha por la supervivencia del núcleo familiar. Estas son algunas de las causas por las cuales las mujeres son procesadas ante la Justicia en Uruguay, la mayor parte por asuntos relacionados con el tráfico de drogas.

Desde el 2000 hasta el 2018, un total de 4.158 mujeres fueron procesadas en Uruguay por delitos de estupefacientes. A partir de 2006, sobrepasaron el centenar de procesamientos cada año y entre 2010 y 2015 fue el tipo de delito con mayor cantidad de procesamientos. En 2014 se llegó al punto más alto de mujeres procesadas (427) de lo que va del siglo XXI. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) demuestran que la relación entre las mujeres y las drogas afecta no solo judicialmente, sino social y económicamente sus vidas.

Vivir en la oscuridad

De bajo contexto socioeconómico, joven y víctima de abuso. Ese es el perfil de la mujer privada de libertad. Estas situaciones de vulnerabilidad son características que se repiten y están presentes en “casi el 90% de las reclusas”, según el Comisionado Parlamentario, Juan Miguel Petit.  Más de la mitad (53,6%) ingresan por delitos vinculados al microtráfico de drogas, mientras que este porcentaje desciende a 35% cuando se trata de hombres privados de libertad. “Muchos de los delitos de las mujeres están vinculados a desesperadas estrategias de supervivencia, son resultado de presiones familiares o de figuras masculinas y no han implicado daños de vida o de sangre”, refiere el informe 2018 del Comisionado Parlamentario.

Buena parte de las mujeres que llegan a prisión con hijos a cargo provienen de hogares monoparentales o son jefas de familia, aunque cuenten con poca capacitación laboral o formación académica. Suelen estar a cargo de los hijos ante la difusa presencia de figuras paternas y vienen de contextos marcados por episodios de violencias de género y pobreza, situaciones que suelen agravarse luego de su paso por prisión, lo que trae como resultado la estigmatización, rechazo y el aislamiento que interviene aún más en sus posibilidades de reinserción social. Fuente: Comisionado Parlamentario Penitenciario.

Buena parte de las mujeres que llegan a prisión con hijos a cargo provienen de hogares monoparentales o son jefas de familia, aunque cuenten con poca capacitación laboral o formación académica. Suelen estar a cargo de los hijos ante la difusa presencia de figuras paternas y vienen de contextos marcados por episodios de violencias de género y pobreza, situaciones que suelen agravarse luego de su paso por prisión, lo que trae como resultado la estigmatización, rechazo y el aislamiento que interviene aún más en sus posibilidades de reinserción social. Fuente: Comisionado Parlamentario Penitenciario

En el caso de las mujeres privadas de libertad ocurre un fenómeno singular en el que ser mujer y delinquir supone una marca mucho más pesada de lo que representa para un hombre, explican las Reglas Bangkok. (un manual que habla sobre la dignidad y derechos de una persona privada de libertad diferenciada por género) Así, para la sociedad, “el delito es cosa de hombres”, explica el comisionado.

Mientras que las esposas y compañeras suelen estar presentes durante la privación de libertad de sus esposos, padres, hijos y su posterior salida a sociedad, las mujeres suelen ser abandonadas por su familia lo que dificulta el proceso de transición hacia afuera.  

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El hecho de que sean mujeres jóvenes y en edad de procrear es considerado como “un problema” para el sistema penitenciario. Supone desafíos que implican llevar a cabo un embarazo en condiciones de reclusión y, posteriormente, la crianza de niños y niñas en contextos de encierro. Por fuera del perfil de la mujer privada de libertad, existen otros factores externos que también condicionan a las mujeres que cometen delitos. Fruto de esto, las mujeres tienen dos tipos de condena: judicial y social. Esta última es la que más sufren las mujeres. Víctimas de los estereotipos sociales y de género, aquellas que no cumplen con los roles asignados como ser madre, esposa o hija, sufren el abandono en las cárceles por parte de su familia, lo que muchas veces las deja en un escenario en soledad junto con sus hijos de quienes se tienen que hacer cargo, aún en contextos de reclusión, ya que el cuidado de los hijos sigue siendo un rol asociado mayoritariamente a las mujeres. (YA SE DIJO CON OTRAS PALABRAS, EVALUAR SACARLO)

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Según el Observatorio Nacional de Drogas (OUD), en la actualidad los familiares del 68% de las mujeres que se encuentran en un centro penitenciario del país poseen antecedentes policiales, penales o judiciales. Es decir, han sido procesados o detenidos. En la mayoría de estos casos, el ambiente familiar y el contexto social influyen como en la propia decisión o en la obligación de involucrarse en ese mundo. Conceptos como la lealtad, el cuidado mutuo y la confianza son clave como táctica de supervivencia en las mujeres. (MADRE DE ANDREA)

La maternidad en reclusión

Las consecuencias de criar a un menor en un centro penitenciario repercuten tanto en la vida personal como familiar de la madre y el niño. Las emociones y los afectos se ven alterados por el contexto: el miedo de estar en un lugar ajeno que no es el hogar, la vergüenza de ser hijo de una persona privada de libertad o las humillaciones sufridas tanto dentro como fuera del recinto.

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Varias de estas mujeres son jefas del hogar y, cuando faltan, la economía de la familia se hace muy difícil. Cuando se encuentran recluidas, la otra condena es el abandono por parte de su familia o pareja. No llegan a tener visitas frecuentes como sí la tienen los hombres. También sucede que las parejas o familiares directos se encuentran privados de libertad. SACARÍA TODO ESTE PÁRRAFO

Si las internas no cumplen con una conducta adecuada dentro del centro penitenciario, son sancionadas. La sanción, por lo general, implica la suspensión de visitas familiares e íntimas, en un período semanal o mensual.  Según recoge el Informe especial sobre la creación de un Programa Nacional de Atención a Mujeres Privadas de Libertad con Hijos a su Cargo, elaborado por  Petit, “la mujer privada de libertad suele recibir una doble o triple sanción por su propia condición de mujer. Siendo el delito “cosa de los hombres”, la mujer que delinque, en la mayoría de las veces como una estrategia de supervivencia familiar fruto de largos procesos de desamparo y deterioro, recibe un rechazo social más fuerte que el que reciben los hombres. Además de la sanción jurídico-penal, reciben la sanción social más dura: el abandono. En la cárcel, las mujeres reciben menos visitas que los hombres y tienen menos apoyos externos, sociales o familiares. Y el abandono durante la prisión tiene, al salir, un escalón todavía más abajo: dificultades para rehacer su vida por el antecedente penitenciario, ya sea en la dimensión laboral como en lo familiar o lo social.

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